Miradas…

Carmen Yulín Cruz con altoparlante en mano canta desde su balcón frente a la Plaza de Armas, al mar de gente que con panderos, trompetas y maracas siguen el ritmo característico de las fiestas de la San Se.
“Los buenos somos más, los buenos somos más” corean todos y yo los acompaño.

De repente a mi izquierda, estás tú con un recorte perfecto, una barba rojiza (con cada cabello donde debe estar), en una de tus pantallas cuelga una cruz. Perfecta estampa de un pirata.

Cruzamos miradas, una, dos veces…

Yulín le pide al gentío que se vaya que la guagua los espera.

Volvemos a conectar miradas, esbozo una sonrisa, giró 90 grados y me marcho lejos de ti.

Como sacado de una película, me sigues, tocas mi hombro y comienzas hablar.

Confieso que me quedé de hielo, (¿esto está pasando de verdad?) de todo lo que dijiste lo primero que entendí fue: “Estás cosas no pasan” no pude evitar reír.

Mientras, tus ojos oscuros me miraban bonito y fijo, como si quisieran descubrir mi vida con solo mirarme a la cara.

Estoy confundida, no sé quién eres, pero se siente bien, muy bien.

Me miras con tus ojos penetrantes, exploras mi sonrisa, retrocedes unos pasos para admirar mi maranta y de repente el centenar de personas a nuestro alrededor desapreció.

– “… vivo en California, pero si me das tu número, así conectamos.”

Lanzo una mirada de duda, que sorprendentemente te hace suspirar.

– “Ok, solo dime tu número y si logro recordarlo es que valgo la pena”

Después de dudarlo un poco más, susurro mi número y me pierdo entre la multitud.

No miré atrás, seguí caminando, minutos más tarde lamenté no haber escrito mi número en un papel o agregarlo a mis contactos (tenía el celular y hasta un bolígrafo, pero no hice nada) o algo así.

Todo quedó en suspenso, como un sueño, una ilusión enmarcada con una dulce y agradable sonrisa.

Tú ese pirata, yo esa mulata que se encontraron y perdieron en el mar de las fiestas de la calle de San Sebastián.

 

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Caída Libre

No fuerces las cosas, deja que todo siga su propio rumbo, como el río, el viento, la gravedad…

Intenta que la vida te sorprenda, pero no te quedes inmóvil.

Brinca, corre, vuela, ama, muere de risa y al final cuando tengas las rodillas peladas, estés sin aliento y con tantas memorias que no tengas espacio para archivar…

Sonríe, respira, déjate llevar por una caída libre y ve por más.

La penúltima…

Era uno de esos días en los que quería salir corriendo sin rumbo, sin plan, sin nada. Sentía la necesidad de escapar de todo, sin ninguna razón aparente.

El año estaba llegando a su fin y yo quería que con el se fueran todos los sentimientos que de una forma u otra me detenía.

Recibo un texto, que me invitaba a un encuentro tan necesario como la llegada del 2017. Sonrío, accedo y salgo a reunirme con este amigo (del cual una vez me ilusioné) para arrancar en una hora y media lo que arrastraba del 2016.

Una gasolinera y un par de cervezas. Hablamos de la vida, los amores, el trabajo … Reíamos en ocasiones por la extraña química que consolidó nuestra amistad.

 
Como si fuera una sesión con un psiquiatra… el tiempo se acaba.

Nos miramos, sonreímos y con el penúltimo sorbo de cerveza prometemos vernos nuevamente el próximo año.